>Impresiones desde el cielo, que llaman al pasado

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No me refiero al cielo que nos espera (Dios lo quiera) después de la muerte, sino a las impresiones que tuve en mis últimos vuelos sobrevolando Colombia.

Junto con la riqueza y orografía del país, de los que he hablado en otras ocasiones, hay dos elementos que me llaman la atención y que tienen implicaciones económicas negativas para Colombia y sus ciudadanos y que tendrían solución si el país estuviera dispuesto a ejecutar las correspondientes decisiones. Me refiero a los innumerables cultivos que se observan bajo el agua y a la llamativa parcelación del campo.

El negativo efecto de las terribles inundaciones del campo colombiano no tiene discusión. No solo afectan a los agricultores y a las compañías de seguros, que padecen de forma directa las consecuencias de esta tragedia invernal, sino también a todos aquellos que tienen trabajos derivados del comercio agropecuario: transportistas, envasadores, conserveros, etc.

Tampoco es difícil de observar que, a pesar de que la inflación se ha mantenido controlada en su conjunto, la crisis del invierno afecta al consumidor final.

El segundo punto, el de la excesiva parcelación de una gran parte del campo colombiano, especialmente en los valles de la zona andina, podría generar más debate por parte de aquellos que lo enfocan desde el corazón y no desde los números. Pero desde el punto de vista económico, el tipo de explotaciones agropecuarias en esta zona geográfica: ganado, aves, cultivo de frutas y verduras, grano en algunas zonas, incluyendo maíz y arroz, mejoran en productividad, seguridad y rentabilidad con economías de escala.

La altísima división de estos terrenos, división que se aprecia perfectamente desde el cielo, es causa de la continua lucha por la supervivencia para los habitantes locales que difícilmente consiguen los recursos mínimos y un problema para la economía ya que los productos siguen siendo más caros de lo que sería razonable.

La gran superficie de zonas habitadas, cultivadas y con ganado, totalmente cubiertas por el agua, llama mucho la atención porque la solución, curiosamente, la tenían puesta en marcha los ancestros colombianos. Al fin y al cabo, este invierno es fuerte, pero no el único a lo largo de los siglos. Aquellos colombianos que hayan estudiado un poco la historia precolombina saben que los habitantes locales habían estudiado el comportamiento del clima y la trayectoria del agua, así como la orografía del terreno. Desde los conocidos Muiscas hasta los Gorrones de la zona del Cauca, construyeron los oportunos canales de los que se maravillaron los cronistas españoles. Con estos canales, no solo controlaban los desbordes periódicos de los ríos, sino que los utilizaban para generar lagunas artificiales, cuyos desagües cerraban, y donde “cultivaban” peces que servían de alimento por muchos años.

Es una pena que no miremos a los ancestros del país y su sabiduría para estar prevenidos y organizados para eventos como los de este invierno.

En el mundo agropecuario, es cierto que en algunas culturas como la colombiana existe el apego a la tierra y la animadversión a venderla al vecino…. tradicionalmente semi-amigo, semi-enemigo. Esta animadversión limita la unificación natural y espontanea de tierras, agravada donde los gobiernos son temerosos de promoverlas. Sin embargo algunas de las culturas más antiguas de los conquistadores que acompañaron a Colón, como la cultura Vasca, no solo impedían que el terreno se dividiera en la herencia, sino que promovían la unificación de terrenos de caseríos para conseguir lo que entonces no tenía una denominación: economías de escala. Otras, como la andaluza y la Castellano-Manchega, mas celosas de la propiedad y la igualdad entre herederos, desarrollaron cooperativas agropecuarias que permitían concentrar recursos. Es cierto que este modelo cooperativista existe en Colombia, pero a mi modo de ver, son escasas, de dudosa gestión y, curiosamente, denostadas en los medios colombianos en el pasado reciente.

El cielo nos invita a mirar a los ancestros para mejorar Colombia, pero muy pocos decisores se acuerdan de ellos.

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